Es recomendable iniciar la visita a una nueva ciudad por el lugar que más te intrigue o que siempre hayas deseado conocer. En nuestro caso, al llegar a la Estación de Guadalajara, nos dirigimos al Panteón de la Condesa de la Vega del Pozo y Duquesa de Sevillano, un impresionante monumento construido entre 1882 y 1916 en esta ciudad española. Este magnífico panteón fue encargado por doña María Diega Desmaissières y Sevillano, condesa de la Vega del Pozo y duquesa de Sevillano, en honor a su padre y a familiares fallecidos, quienes encontrarían aquí su lugar de descanso eterno. El panteón forma parte del conjunto monumental de la fundación de San Diego de Alcalá.
La duquesa, alrededor de 1881, encargó a Ricardo Velázquez Bosco la construcción de un extenso complejo de edificios destinado a establecimientos benéficos y a un panteón familiar, ubicado al suroeste de la ciudad, junto al actual parque de San Roque. Gracias al destacado trabajo filantrópico de esta noble dama, Guadalajara cuenta con uno de los conjuntos arquitectónicos más impresionantes de finales del siglo XIX. La Condesa de la Vega del Pozo y Duquesa de Sevillano dedicó toda su vida a ayudar a los demás y, por ello, no dejó descendencia directa. Fueron las Hermanas Adoratrices, congregación fundada por su tía Santa María Micaela del Santísimo Sacramento, quienes asumieron la responsabilidad del panteón y de otros edificios del complejo.
El panteón, cuya cúpula está cubierta con tejas de brillantes reflejos metálicos que evocan la forma de escamas, se deja entrever a lo lejos y refleja la influencia del arte del norte de Italia, fusionando elementos que le confieren un estilo bizantino muy distintivo. Esta impresionante cúpula es obra del ceramista Daniel Zuloaga, miembro de una ilustre familia de artistas que incluye a su sobrino, el pintor Ignacio Zuloaga. La realización de esta obra le tomó trece años, desde 1893 hasta 1906.
La estructura presenta una planta de cruz griega, se distribuye en dos niveles y alcanza aproximadamente los cuarenta metros de altura, o aproximadamente 131 pies. Aunque no se permite tomar fotografías en su interior, podemos describirlo como un espacio de extraordinaria belleza, repleto de detalles artísticos que destacan tanto por la riqueza de los materiales como por la perfección de sus acabados. Su estilo es predominantemente ecléctico historicista, característico de finales del siglo XIX, lo que se traduce en una fusión de varios estilos: así, las fachadas exhiben un neorrománico-lombardo, mientras que el interior se adorna con mosaicos bizantinos y capiteles de estética mudéjar. Al entrar, el altar, coronado por un calvario excepcional pintado por Alejandro Ferrán, captura la atención. En la cripta, uno queda maravillado ante el imponente conjunto escultórico de Ángel García Díez, que representa el cortejo fúnebre de la duquesa. Es, sin duda, una experiencia absolutamente magnífica.